1. text

    Refraccion

    Me senté en una banca a esperar frustrada. Balancee mis jóvenes piernas hacia adelante y hacia atrás, observando la corta distancia entre mis pies y el suelo. Deshojé una flor y observé como iba perdiendo su vida, conté las nubes moviéndose lento durante la tarde y recorrí con mis dedos la madera vieja sobre la que descansaba. Olía, sentía, tocaba, y me aterrorizaba imaginar que en cuestión de años me vería tan desgastada como la olvidada banca que me acompañaba. Me levanté, caminé lentamente hacia el pequeño estanque del parque y me vi reflejada en el agua. Mi piel tan reluciente, mis ojos brillantes, mis labios rosados, mi sonrisa completa. Me enojaba tanto saber que un día se acabaría, no podía entender quien podría ser tan cruel como para dotarme de esta belleza para luego arrancármela. 

    Me encontré inundada por mis arrogantes deseos de ser joven para siempre. Pensaba por horas, buscando absurdamente una manera de engañar al tiempo. Entonces, se me ocurrió algo que sí era posible: me engañaría a mi misma. Corrí contra el viento hacia mi casa, me encantaba que mi vestido jugara con el viento y que mis largos cabellos volaran libremente; estos eran los momentos que me enamoraban de la juventud y que al mismo tiempo me hacían odiarla, por traidora. Llegué a casa y sin detenerme ante el saludo de mis padres, corrí hasta mi cuarto.

    Mi habitación era de todos colores, solía pintar todos los días y aprovechaba cada espacio que tenía, incluyendo las paredes y muebles. Me fascinaba poder pintar un instante que nunca volvería a ocurrir, como un atardecer, o como aquel girasol del que me compadecí cuando comprendí que estaba condenado al mismo destino que yo. Obsesivamente, tomé el espejo de la pared, en el cual solía mirarme todos los días, lo acomodé en un caballete y preparé mis pinturas. Sí, sabía que si pintaba mi rostro perfecto en aquel espejo no tendría que angustiarme por el día en que una arruga naciera en mi frente o mi pelo se tornara gris. Sabía que era inevitable para la vida, pero no para mis ojos, era lo único que podía hacer. Entonces comencé a pintar, cada detalle que reflejaba el espejo era cubierto para ser eternizado. Me tomó toda la tarde terminar, y cuando por fin lo hice, sonreí. Pero mi sonrisa no cambió en el espejo, ni la expresión en mis ojos cuando me di cuenta. “Perfecto”, pensé. Y me fui a dormir satisfecha. 

    Pasaron días, semanas y meses, y aquel espejo me conflictuaba cada vez más. Me molestó el día que vi mi frente lisa en el espejo cuando me encontraba enojada por reprobar matemáticas. Me frustró ver mis labios rosados cuando quería pintarlos de rojo para mi primera cita. Me entristeció ver mi sonrisa tan simple cuando la emoción me abrumaba el día de mi graduación. Me enojó ver mi mirada tan inocente el día que mi mejor amiga me traicionó. Me cansé de ver esas pecas el día que me maquillaba para mi primer día de trabajo. Me confundió ver esos ojos calmados cuando lloraba por haber perdido a mi padre. Me dolió ver esa cara de niña pequeña cuando me iba de casa, cuando necesitaba sentirme grande y fuerte para comenzar mi vida. Entonces lo miré detenidamente tratando de recordar qué era lo que me hacía tan feliz al mirarme en ese falso espejo. Trataba de convencerme de que me hacía sentir joven, con ganas de vivir, hasta que no tuve otra opción mas que aceptar que hoy, 10 años después, lo único que me haría feliz sería mirar mi verdadero rostro. 

    Tomé el espejo en mis dos manos, con amor lo miré y con coraje lo estrellé contra el piso, al entender que la juventud de aquella cara solo existió el día que la pinté, y que yo, perfecta era todos los días, con cada nuevo pedacito de vida que me conformaba.

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Mis pensamientos se desenredan solos, yo sólo escribo

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